
RESIGNACIÓN
Inmóvil y silente,
en testigo mudo convertido.
Como vara de mimbre
cimbreante su cuerpo,
lívida tez de color mermada,
era pálido como la cera pálida.
La mirada, lánguida y profunda,
denotaba un toque de inconfundible tristeza.
Permanecía quieto, casi quieto
meciéndose en la oscuridad
de su habitáculo austero,
bajo la mirada atenta
de un cuervo negro.
Mas él, con el rostro iluminado,
blanco de luz,
luz de vela,
seguía ahí, con toda la dignidad
de un aristócrata.
Al igual que un caballero de otra época,
pura sangre de otra raza
y como si de una figura del Greco
se tratara,
sonreía con resignación
esperando la visita obligada de la muerte.
|