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Envuelta en las alas de un suspiro llegó hasta aquel paraje desconocido y en el que sin embargo se encontraba tan cómoda. Respiraba aromas familiares que le hacían evocar tiempos que no recordaba haber vivido y al reflejar su mirada en un espejo, descubrió en el plateado vidrio, la imagen de alguien que era igual a ella. Los mismos ojos inquietos que nunca sabes si te miran o, por el contrario, recorren los caminos que en su interior se desparraman en busca de un único lugar. Así pues, quedó prendida al reflejo y pudo ver como aquella que era ella, se afanaba en mezclar óleos y arcillas sobre un lienzo. La figura desdoblada se dió cuenta de que era observada y con una sonrisa en la que estaban las palabras necesarias, la invitó a unirse a ella. De esta forma, armada de pinturas, espátulas y pinceles, comenzó a trabajar sobre la tela inmaculada. Entusiasmada en su obra y no recordando que aquella era la primera vez que pintaba, casi deja escapar al suspiro que hasta aquí la trajo y que también era el encargado de que volviera al mundo en el que nosotros, pobres, nos habíamos quedado. Veloz se subio a sus alas y, recogida en ellas, emprendió el regreso a casa.
A la mañana siguiente, al despertar, recordó todo como un sueño, hasta que descubrió, aún con restos frescos de pintura, aquel pincel sobre la almohada.
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